Los niños hiperactivos suelen ser problemáticos, tiene un espíritu destructivo y son insensibles a los castigos, además suelen mostrar problemas de salud. También son inquietos y nerviosos. Además son niños inquietos en casi cualquier momento, incluso en aquellas situaciones en lo que se pide de ellos es que sean tranquilos.
El tratamiento de niños hiperactivos se ha llevado a cabo desde distintos enfoques: el farmacológico, el psicológico y el educativo. En este post intentaremos enfocar el problema – y la solución y seguridad de los niños – desde la psicología, dejando para más adelante los abordajes farmacológicos y educativos.
Un enfoque psicológico tienen que tener en cuenta a la familia en la cual vive el niño hiperactivo. Ahí es dónde se intervendrá para poder curar ese mal. Lo primero que necesita un niño hiperactivo es un ambiente familiar estable y en equilibrio. Esto se puede lograr cuando en la familia existen unas reglas claras de lo que se debe o no se debe hacer.
El peor de los entornos para un niño hiperactivo y para su bienestar es un hogar en el cual las normas están cambiando a cada momento. Además las reglas familiares tienen que ser explícitas, esto es, las reglas son conocidas y comprendidas tanto por los padres como por el niño hiperactivo. Otro de los rasgos que tienen que tener esa reglas es que tienen que ser predecibles, por lo que el niño tiene que saber que sucederá en caso de que las reglas se cumplan o no se cumplan.
Por otro lado la terapia cognitiva – conductista se ha configurado como una de las que mejor resultado dan en el tratamiento de los niños hiperactivos y en su prevención. Este tipo de terapia ayuda al niño a entender lo que siente y lo que hace lo que permite modificar su comportamiento. Al mismo tiempo también tiene que estar muy medidas las conductas que darán lugar a refuerzo y aquellas que traerán como consecuencia el castigo.
Todos comenzamos a vivir en pareja sin haberlo hecho antes. Es decir, que aprendemos sobre la marcha a entender a un extraño que se termina convirtiendo en nuestra familia. No es fácil y a todos nos cuesta, pero recordar algunos consejos útiles nos puede ayudar a que la promesa de felicidad compartida que buscamos se haga realidad.
1- Pensar en cómo afectan nuestros actos a nuestra pareja a la hora de entender su comportamiento. Si decir las cosas de una forma distinta pueden hacerle sentir mejor, ¿por qué no intentarlo?
2- Reconocer nuestros errores. Nobleza obliga y esto hace que la otra persona también tienda a reconocer los suyos.
El estrés es una reacción natural de nuestro organismo cuando se encuentra amenazado. Ante una situación que percibimos como amenazante, ponemos en marcha todos nuestros recursos físicos y mentales extra para superarla. Y a menudo lo logramos. Nuestra capacidad mental se acelera y nuestro cuerpo funciona mejor bajo un estrés moderado. El problema viene cuando exponemos nuestro cuerpo demasiadas veces a estas situaciones. Nuestro organismo se acostumbra y no sale de ese estado, lo que termina siendo agotador.
Por eso, lo mejor es prevenir las situaciones estresantes y evitar exponernos a ellas sin recursos o por sorpresa. Os traemos algunos consejos para evitarlo:
1- Aprender a reconocerlo: Si nos paramos un momento a pensar, seguro que somos capaces de dar con al menos un par de situaciones diarias que nos generan estrés. Al delimitarla, esta ya no nos puede coger por sorpresa y nos permite pensar una estrategia para afrontarla con más calma o incluso evitar que llegue a producirse.
2- Saber decir que no: Si notamos que estamos llegando al límite, nos ayuda saber rechazar algo que, aunque parezca necesario, sabemos que nos va a terminar haciendo sentir peor.
3- Una buena pausa: Pararnos un momento a alguna hora del día y quedarnos mirando por la ventana a placer, sin pensar en nada. O pensando en nuestras cosas o escuchando música por un momento. Estas pequeñas desconexiones nos reequilibran y dan fuerzas para seguir manteniendo la calma.
4- Reconocer cuando exageramos: Cuando todo a nuestro alrededor parece volverse insoportable, tal vez estemos poniendo nosotros mismos algo de drama. Saber pararse a mirar las cosas con calma y pensar qué estamos haciendo es un hábito que nuestro corazón agradecerá.
Este hermoso cortometraje del director griego Konstantin Pilavios no necesita comentario alguno. Pero el hecho de que nuestros hijos aprenderán cómo tratarnos a partir de cómo tratemos a nuestro padres también da que pensar. Los niños aprenden de las relaciones con sus abuelos y observan cómo son las nuestras con nuestros padres. En nuestra mano está que nuestro hijo nos dé un beso en vez de gritarnos cuando queramos jugar con él dentro de cincuenta años.
Si tenemos hijos adolescentes, recordaremos lo difícil que nos parecía a veces acercarnos a otros chicos o chicas que nos interesaban y empezar a hablar con ellos. Con el paso del tiempo, nos dimos cuenta de que conocer gente era más fácil de lo que parecía y nos olvidamos de ello.
Hoy en día, podemos estar seguros de que a nuestros hijos adolescentes también les cuesta. Si nos cuentan que “no saben” cómo hablar con otros chicos o “hacer amigos”, aquí tenemos algunos consejos que podemos darles. Lo importante es contárselo con toda naturalidad y hasta con sentido del humor, haciéndoles ver que es algo normal y que a todos nos ha costado a su edad.
1- Lo primero es relajarse y pensar que no tenemos la obligación ni de impresionar a nadie ni de ser graciosos y ni siquiera de caer bien a la otra persona. Una buena forma de hacerles ver esto es preguntarles si recuerdan todos los momentos del día en que alguien les ha dicho algo. Probablemente, la respuesta sea que no.
2- ¿De qué hablar? De lo que quieran, de aquello que les guste o crean que puede interesar a la otra persona. ¿A quién no le gusta ver películas? ¿A quién no le gusta la música? ¿A quién no le importa si hace buen tiempo y se puede salir al parque? Si nos interesa a nosotros, es probable que le interese a la otra persona.
3- ¿Cómo empezar? Con sencillez. Saludamos y lanzamos una pregunta. Nos responden. Lanzamos otra pregunta o cogemos la respuesta y preguntamos más. Ya está: estamos hablando.
4- También hay que escuchar. Nada nos gusta más que hablar de nosotros o de lo que pensamos. Preguntar a la otra persona por sus opiniones o su vida es la mejor garantía de caerle bien. No tengamos miedo a escuchar sin decir nada o respondiendo con “ajá” o “sí” de vez en cuando. La otra persona estará pensando lo simpáticos que somos por escucharles.
5- Ser uno mismo. Nadie espera que seamos nada especial. Basta con hablar igual que lo hacemos con nuestros amigos. A la gente le gusta lo natural y eso es precisamente lo que somos cuando nos relajamos y decimos lo que pensamos sin la presión de representar un papel.
¿Qué nos hace más felices: hablar del tiempo o arreglar el mundo? En la Universidad de Arizona, parecen decantarse por la segunda opción. Allí han concluido la primera fase de sus investigaciones con datos que apuntan a que la gente que mantiene conversaciones más “profundas” es más feliz.
Lo explican de dos maneras. En primer lugar, el ser humano está constantemente buscando entender la realidad que le rodea y dotarla de sentido. Este tipo de discusiones suelen concluir con nuevas ideas sobre algún problema que nos interesaba o confirmando nuestras percepciones. Por otra parte, la sensación de proximidad a otra persona al discutir un tema que nos interesa satisface nuestras necesidades como seres sociales que somos.
Los 79 estudiantes voluntarios en los que se basa la investigación llevaron consigo durante cuatro días unas pequeñas grabadoras que se activaban cada 12,5 minutos para grabar fragmentos de 30’’ segundos de sus conversaciones.
Los sufridos investigadores debieron de pasar bastante tiempo clasificando después las grabaciones en “profundas” o “superficiales”. Las primeras incluían temas como el sentido de la vida, noticias o política, filosofía o el papel de la educación en la sociedad. El tiempo o conversaciones sobre programas de televisión fueron categorizados como superficiales, aunque no era así si los voluntarios iban “más allá” y pasaban a discutir los personajes o sus motivaciones.
Como resultado, se encontraron con que un tercio de las conversaciones eran “profundas” y un quinto “superficiales. Lo interesante fue que aquellos que fueron medidos como más felices tenían más del doble de conversaciones interesantes y sólo un tercio de cháchara que los que fueron clasificados como menos felices. Un 45% de sus conversaciones fueron profundas, comparadas con el 21,3% de los más infelices. Por contra, sólo tuvieron un 10% de charlas superficiales comparado con el 28,3% de los más infelices.
El siguiente paso del equipo universtario es averiguar si es posible hacer a alguien más feliz recomendándole que tenga al menos una conversación interesante más al día. Estaremos atentos a sus resultados.
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